Las etapas evolutivas del niño

Todo maestro debe conocer las etapas evolutivas por las que va pasando el niño, ya que toda la pedagogía Waldorf consiste en adaptar los contenidos a las capacidades de los niños. Estas capacidades se van desarrollando en todo individuo a lo largo de los años. Una de las aportaciones más importantes de Steiner, y en la que se basa todo el curriculum Waldorf, es el paralelismo que 29 establece entre el desarrollo de un ser humano y el desarrollo de la humanidad.
(Steiner, 1991) El niño, cuando nace pasa mucho más tiempo dormido que despierto y su percepción del mundo exterior es onírica. Vive más en el mundo de los sueños, o en el mundo fuera de la materia, que en la realidad terrestre. Poco a poco, el niño va haciéndose ciudadano de este mundo en un proceso que Steiner llama encarnación. Steiner considera que el niño proviene de un mundo espiritual y paulatinamente haciendo suyo su cuerpo y va adaptándose a su vida en la tierra. Lo mismo que ha ocurrido con la humanidad como especie.
Es un camino que va de lo concreto a lo abstracto. De lo particular a lo general. Primero, el niño percibe la realidad con sus sentidos y poco a poco va sacando conclusiones y abstrayendo conceptos y leyes universales. Lo que a la humanidad le costó miles de años, el niño lo va recapitulando a lo largo de los tres primeros septenios. Por eso fracasa en muchos casos la educación. Se le ofrecen contenidos al niño que no puede digerir. Todavía no ha desarrollado las capacidades necesarias para entender un concepto, entonces, se lo aprende de memoria y lo olvida rápidamente.

Primer septenio

Durante el embarazo el niño está encerrado dentro del cuerpo físico de la madre, siendo este el único factor que influye sobre él. Todo pasa a través de la madre. Por eso es absurdo intentar educar al feto con música o técnicas de aprendizaje. Es la madre la única influencia. Lo que sí puede hacer la madre para que repercuta en el bebé es educarse ella misma, cuidar sus pensamientos, cuidar sus sentimientos e intentar elevarse con su trabajo interior y eso influirá directamente en la formación de su hijo. Tras el parto, todas estas influencias físicas que ha recibido el recién nacido tamizadas por el cuerpo de la madre, se convierten en influencias directas que ejerce el medio ambiente que le rodea. Literalmente, el entorno físico incluyendo la actitud de los adultos, van a formar sus órganos fuera del útero materno y más allá de las fuerzas heredadas. (Steiner,1990).

El niño va desarrollándose y crece muy rápido en los primeros meses. Es muy importante que vaya pasando por todas las fases de su desarrollo motriz. El niño 30 lleva meses tumbado, luego ha conseguido girarse, luego consigue reptar, gatear, sentarse y por último andar. ¡Menuda conquista y qué alegría cuando da sus primeros pasos! Ha superado las fuerzas de la gravedad. Pensemos en el equilibrio que hay que adquirir para mantener un cuerpo alargado hacia arriba sobre las dos pequeñas plantas de los pies. Lo que acaba de conseguir es uno de los grandes logros de la biografía de un ser humano y el júbilo que esto produce viene de una parte nuestra muy profunda. Aquí empieza la orientación en el espacio. El niño ha aprendido a andar. (Steiner,1988)

Este proceso de erguimiento, junto con la capacidad de sonreír, es una de las primeras manifestaciones propiamente humanas. Todos los mamíferos superiores permanecen toda su vida en el plano horizontal, no llegan a erguirse. Algunos, el canguro o el gorila, parece que sí pero su esqueleto sigue siendo como el del resto. No es verdadera verticalidad. Lo significativo es que el hombre deja de utilizar los brazos como medio de desplazamiento. Se convierten en órganos expresivos y ejecutivos para realizar tareas superiores. El caminar de cada ser humano es diferente y se convierte en uno de sus rasgos más distintivos. A la gente, la reconocemos, sobre todo, por su forma de moverse por eso distinguimos en la lejanía a nuestros conocidos. La peculiar manera que tiene cada niño de erguirse es su primera manifestación biográfica. No todos lo hacen de la misma manera y ahí se empieza a apreciar que tipo de temperamento llegará a tener o por lo menos se manifiesta una tendencia. (Lievegood, 1999)
En este momento nace la primera forma de memoria llamada local. Es una memoria que se activa cuando el niño recuerda cosas por estar en el medio ambiente donde ocurrió algo. Por ejemplo, si jugó con un juguete en el cuarto de jugar que estaba en una determinada caja, no recordará el juguete hasta que no vuelva a estar en el mismo cuarto y vea la caja. Es una memoria muy primitiva y en la historia de la humanidad se relaciona con la necesidad de poner lápidas o monumentos donde ocurrieron los acontecimientos.

Después de algunos meses empieza la siguiente fase del desarrollo, el hablar. Aprendemos a hablar cuando nuestras manos dejan de ser órganos de locomoción y se liberan para formar el centro lingüístico en el cerebro. 31 El niño, al igual que Adán en el paraíso, comienza a nombrar las cosas. Al principio son gemidos de placer o de dolor, pero poco a poco empieza a balbucear palabras. (Kónig,1995) En unos meses aprenden cientos de palabras. A los tres años ya dominan una serie de leyes gramaticales que no serán comprendidas hasta mucho más tarde. Aplican perfectamente el género, el número, oraciones principales y subordinadas… Jamás en la vida volverán a captar un idioma con tanta rapidez. Será su lengua materna. Es de suma importancia, pues ella nos conforma y modela nuestra personalidad.

Lo primero que capta el niño son los nombres, aprende a designar el mundo externo: casa, árbol, papá, mamá, silla… Cuando comienza a formar frases, se forman los primeros rudimentos del pensar. La siguiente etapa es cuando el niño empieza a utilizar verbos. Con el nombre conquista el espacio y con el verbo el tiempo. Empieza a diferenciar el ayer y el mañana. En esta fase es muy importante el hablar correcto de los adultos. Un bien articulado y diferenciado vocabulario contribuye enormemente a un pensar claro y lleno de matices. La sintaxis de cada lengua nos imprime una manera de pensar diferente. El alemán, por ejemplo, por medio del acoplamiento de palabras facilita el llegar antes al concepto. No en vano tantos filósofos son alemanes. Además, el lenguaje es una de las cosas que más une a un grupo de individuos. El que los pueblos designen las mismas cosas con distintos nombres, es indicio de que un mismo contenido les produce experiencias distintas. Es muy importante que el niño tenga claro a qué lengua y cultura pertenece. Eso le da seguridad.

«Se podría decir que cuando un niño aprende a hablar su lengua materna penetra en él el alma del pueblo al que pertenece dicha lengua.» (Steiner, 1998, pág. 55)

Merece la pena recalcar el daño que se está haciendo a los niños con el bilingüismo. Nos identificamos tanto con la lengua materna, que la experimentamos como parte de nuestro propio ser, la amamos, disfrutamos de su belleza y sufrimos cuando nos privan de ella. Enseñar a un niño en un idioma que no es el suyo y por maestros que no son nativos empobrece tremendamente la calidad de la enseñanza. Es como desterrarle de su pueblo, es un desarraigo 32 que confundirá al niño y no le permitirá echar las raíces que necesita para sentir su pertenencia a una cultura.

La tercera conquista de estos tres primeros años es el pensar. Poco a poco el niño descubre conceptos. Pero, así como al aprender a andar o cuando se pronuncian las primeras palabras hay una cierta entrega, al aprender a pensar, se produce cierto distanciamiento que dirige al niño hacia dentro, hacia su mundo interior. Esta es la naturaleza del pensar, requiere de interiorización. Steiner decía que al ayudar al niño a andar hay que hacerlo con amor, al ayudarle a hablar con veracidad y al ayudarle a pensar con claridad. (Steiner, 1988)

Actualmente descuidamos mucho nuestra forma de hablar, cada día más atropellada y confusa y esto influye en nuestro pensar que se vuelve igual, atropellado y confuso. A principios del siglo XX, cuando se creó la primera escuela Waldorf, todavía no se hablaba de niños hiperactivos, pero ya Steiner relacionaba el nerviosismo de muchos niños con el pensar confuso de los adultos. Debemos tener en cuenta cómo es nuestra actualidad, con tanta información contradictoria por todos lados, las redes sociales, las llamadas hoy en día “fake news”. Un porcentaje altísimo de niños diagnosticados con TDAH están medicados. Desde la pedagogía Waldorf, denunciamos continuamente el abuso que esto supone y proponemos constantemente la reducción de la tecnología para los niños, el orden en las familias y una consciencia de qué es la infancia.

En esta etapa, el cuerpo etérico del niño, está preparándose para independizarse de la madre, pero todavía no conviene hacer uso de esta fuente de energía para trabajar la memoria o el pensamiento. Este concepto lo vamos a repetir a lo largo de este escrito desde diferentes puntos de vista. Si el niño utiliza estas fuerzas para pensar o memorizar, como se hace en muchas escuelas infantiles
actualmente, se agota y su salud sufre. En términos steinerianos, su cuerpo físico se debilita y no hay ningún beneficio educativo. Veamos un ejemplo de esto en palabras de Steiner a la hora de enseñar a leer y a escribir:

«(…) de hecho es provechoso que empiece copiando las letras y que hasta más tarde no aprenda su significado: pertenece al periodo evolutivo del cuerpo físico, en tanto que el significado apela al cuerpo etéreo y recuérdese que no debería actuarse sobre él hasta la segunda dentición.» (Steiner, 1991, pág. 29)

Es una etapa donde la palabra clave es imitación. El niño cree que el mundo es bueno y por eso digno de ser imitado. Va a imitar nuestros gestos, nuestro tono de voz, nuestro movimiento incluso nuestro pensamiento. Por eso es tan   importante que las maestras de infantil cultiven su mundo interior y un pensamiento claro. Están formando, literalmente, el alma del niño. Por supuesto que los padres todavía son más importantes y su impronta mucho más profunda.
El niño de este primer septenio vive en una entrega total al mundo, es una entrega que Steiner califica de religiosa (Lievegood, 1999), una entrega devocional que solo se puede comparar con la devoción que podemos desarrollar de adultos hacia lo divino. Es por ello, como veremos más adelante, que la maestra de infantil debe desarrollar una cualidad sacerdotal.

2. Segundo septenio

Es obvio que en siete años hay muchos cambios y, aunque Steiner dividía así la evolución del hombre, podemos hacer subdivisiones para ser más exactos y hacer algunos matices. Se pueden escribir libros enteros sobre cada fase, pero este trabajo es solo una introducción, un bosquejo de la visión steineriana del niño.

Algunos autores llaman a estos años “los años de oro de la infancia” por el maravilloso equilibrio que se da entre la inocencia del primer septenio y el despertar al mundo adulto, entre el ser capaz de creerse todo lo que ve y oye y al mismo tiempo empezar tímidamente a cuestionarse. Puede ocurrir a esta edad, aunque es raro, que algún niño te pregunte si los cuentos de hadas son verdad. Para el niño que ha dudado resulta un alivio el hecho de que le reafirmen la existencia de las hadas, pues él quiere creer y no quiere abandonar la maravillosa inocencia de esos años.

Recordemos las fases evolutivas esbozadas en el punto 1.1. de este trabajo. En él hablábamos de que alrededor de los siete años, tenía lugar el nacimiento o emancipación del segundo cuerpo, el etérico. Hasta entonces el cuerpo etérico del niño había estado íntimamente unido al cuerpo etérico de la madre. Estas fuerzas etéricas han estado dedicadas al crecimiento del cuerpo físico, a la formación de los órganos. El último gesto de total dedicación de este cuerpo al físico son los dientes definitivos. Los dientes de leche caen y aparecen las incrustaciones más sólidas que hay en el cuerpo. Este es el signo exterior de que el cuerpo etérico del niño está ya liberado para cumplir otras funciones.

Físicamente hay un gran cambio. La boca medio abierta del niño preescolar se cierra y la mirada se agudiza. (Lievegood, 1999). Ya no es una esponja, un gran órgano sensorial que todo lo absorbe, sino que ha aparecido la imagen mental. Ya no son meras percepciones, sino que su pensamiento empieza a jerarquizar, a valorar. Sobre todo, durante los tres primeros años de primaria el niño todavía conserva parte del mundo infantil y se mueve continuamente entre lo real e irreal; y, por ello, le siguen fascinando los cuentos de hadas. Para entender mejor cómo percibe el niño en estos años, lo podríamos comparar con nuestro soñar despiertos.

Es muy fácil llevar al niño rápidamente a desarrollar una capacidad de abstracción que no es propia en esta edad. En los programas actuales de nuestro país no hay ninguna sensibilidad hacia lo que es un niño. Estos curriculum oficiales están cargados de conceptos abstractos, que no tienen sentido para el niño, y que, además, matan su imaginación y les llevará al terrible drama de convertirse en adultos sin ninguna creatividad. La mayoría de nosotros nos limitamos a copiar lo que ya han dicho o hecho otros. Si se tuviera más en cuenta cuán importantes son estos años para desarrollar la imaginación se conseguiría un pensar mucho más original.

A los 9 años aproximadamente acontece uno de estos cambios importantes. El muro que el niño se había construido alrededor de su mundo, a caballo entre la infancia y la adultez, seguía protegiéndole fuertemente del mundo adulto. Llegada esta edad, este muro comienza a agrietarse. Steiner lo llama “el paso del Rubicón” en recuerdo de Julio César cuando cruzó dicho río volviendo victorioso de la conquista de las Galias. A esta edad, el niño comienza a preguntarse por la muerte, por el sentido de la vida, empieza la crítica a sus padres y maestros, y, en consecuencia, sufre. En el curriculum Waldorf, este momento se acompaña con las narraciones del pueblo judío recogidas en el antiguo testamento. El niño se identifica con la expulsión del paraíso de Adán y Eva. Se vive a sí mismo enfrentado al mundo, que ya no es tan bello y maravilloso como resultaba antes.

En la pubertad, entre los 12 y 14 años hay otro salto hacia adelante en esta evolución. (Steiner, 1976) Ahora tiene lugar el despliegue del cuerpo astral. Coincide con el desarrollo de los órganos de reproducción. Es la fase que Piaget llama operaciones formales. Es decir, el niño adquiere la capacidad de utilizar la lógica y llegar a conclusiones abstractas que no están ligadas a casos concretos o que hayan experimentado. Ahora sí, el niño puede entender materias concretas como la física, la historia, las matemáticas, y otras tantas.

Cuando el cuerpo astral se emancipa, tiene su reflejo en los chicos con el cambio de voz y en las chicas con la menstruación. (Steiner, 1988). En este punto conviene recordar cierta aclaración. Cuando Steiner habla de los nacimientos de los diferentes cuerpos no quiere decir que dichos cuerpos no existieran antes de lo que él llama nacimiento. Entre el nacimiento y la liberación del cuerpo etérico, a los 7 años, dicho cuerpo ha estado muy activo, puesto que ha formado los órganos o ha conseguido que el niño crezca a una velocidad que nunca más se va a repetir. Lo que ocurre a los 7 años es que se libera de su función principal y se puede dedicar a otras cosas. Con el cuerpo astral ocurre lo mismo. Desde los 7 años está muy activo por eso dice Steiner que el segundo septenio es cuando se desarrolla el sentimiento. Recordemos que el cuerpo astral es el portador del sentir que no es lo mismo que el sentimiento romántico hacia el otro sexo que surge con la pubertad y adolescencia. Al ser la etapa del sentimiento, el niño necesita que se le hable con imágenes, de una manera pictórica. A los 12 años este cuerpo se libera y usa sus fuerzas para el pensar más abstracto que se desarrolla entre los 14 y 21 años.

En esta fase, la confrontación con el mundo exterior es mucho más evidente. Los chicos, sobre todo, disponen de mucha energía que es necesario catalizar.

No se trata de reprimirla como ocurre a menudo hoy en día, que no se deja ser chicos a los varones y se les trata de igualar demasiado a las chicas. El maestro Waldorf debe observar las diferencias entre los sexos y respetarlas.

3. Tercer septenio

Ya hemos pasado la pubertad y aparece una nueva capacidad: la reproductora. Nuestros alumnos se convierten en jóvenes hombres y mujeres. Ahora se llamarán adolescentes. Aunque este es un término que en la época de Steiner prácticamente no se utilizaba.

Aparece ahora un pensar más independiente; problemas que hasta ahora parecían tener una causa externa se convierten ahora en preguntas interiores que producen una tormenta de sentimientos contradictorios. La relación con los amigos se vuelve muy intensa y aparece el amor romántico y el cuerpo del otro se rebela como objeto de interés sexual. Ahora las enormes fuerzas de simpatía que se despliegan hacia el sexo opuesto tienen su equilibrio con las enormes fuerzas de antipatía que se desarrollan y necesitan para adquirir la gran nueva capacidad: el juicio crítico.

Ya no rige el sentido de la autoridad de la etapa anterior. Al joven hay que dejarlo libre, pero con responsabilidades; ha aparecido la edad de la razón. Los padres y los maestros son revisados, reevaluados, fuertemente criticados y el máximo criterio ahora es que sean competentes. Los maestros tienen que ser expertos en su materia. Todo lo que hasta ahora se perdonaba y se pasaba por alto, es ahora fuertemente juzgado.

Ya no queda nada de lo que para ellos era sagrado. Sus viejos dioses mueren y este vacío es llenado con sus compañeros. La infancia quedó atrás definitivamente pero el mundo adulto es mirado con recelo. Perciben el mundo como un lugar lleno de hipocresía, convencionalismos, falsedad, cobardía. Los jóvenes se entregan al presente y al mundo de sus amistades. Esto se refleja, por ejemplo, en cómo van vestidos, su pertenencia al grupo, su manera de pensar y actuar ante la necesidad de ser aceptados. Este es un momento muy delicado pues el mundo sin escrúpulos de la publicidad les manipula fácilmente y se dejan llevar por la moda.

La nueva libertad es posible de manejar si han experimentado en la etapa anterior lo que Steiner llama, y ya he comentado, la autoridad amada. Actualmente no se considera necesaria esta autoridad porque se piensa que es autoritaria. Esto es muy grave y de terribles consecuencias pues el joven buscará la autoridad que no tuvo en cualquier “famoso de turno” ya sea músico, actor-actriz, deportista… No pasa nada por admirar a otro, lo peligroso es perder la capacidad de juzgar libremente y de pensar por uno mismo.

Steiner no se cansaba de repetir que no nos adelantáramos al desarrollo del niño. Todos los maestros de primaria tenemos la gran tentación de apelar directamente al intelecto de los niños con las terribles consecuencias que esto implica. Estamos pidiendo al niño que juzgue, que opine, que saque conclusiones demasiado pronto. Desde la pedagogía Waldorf no paramos de insistir que lo nuestro difiere completamente de los métodos donde se deja al niño solo descubriendo el mundo. Esta es una diferencia muy sutil puesto que es positivo que el niño descubra por sí mismo lo que el maestro le muestra. En realidad, es que no existe otra manera, pues el acto de aprender viene del niño. No obstante, otra cosa muy diferente es exhortar al niño a juzgar el mundo. El niño, si se le ha educado bien, pensará ahora lo que antes ha experimentado (etapa preescolar) y sentido (etapa de primaria). En términos steinerianos, el espíritu del niño -y pensar es considerada por Steiner una actividad espiritual- estaba dormido y ahora se despierta.

La educación Waldorf busca, en último término, que el ser humano siga creciendo hacía la máxima libertad interior. Esta libertad solo la puede experimentar uno mismo; tú no puedes hacer libre interiormente a otro. Para ello hay que educar por etapas y no adelantarse al desarrollo natural del niño. En la infancia, se educa a través de la imitación, en la escuela primaria a través del principio de autoridad y la educación artística, no intelectualizada y entonces, en la adolescencia, florecerá la verdadera esencia e identidad del ser que no debe ser manipulada ni por los maestros ni por los padres.

Es muy importante que en esta etapa los maestros presenten a sus alumnos personajes que se guíen por grandes ideales ya sean históricos o actuales. Personas que hayan sufrido, que se hayan superado a sí mismas, héroes y heroínas de la humanidad. A casi todos les toca el corazón pues tienen una gran tendencia hacía lo positivo, hacía lo que entusiasma. Ellos están llenos de pasión. Steiner no se dejaba llevar por las tendencias y opiniones “de moda” en que se presenta al adolescente como sinónimo de desastre.

Los chicos y las chicas empiezan a diferenciarse mucho más. Hasta ahora, al no tener el impulso sexual despierto, eran hasta cierto punto unisexuales. Este punto es hoy en día muy serio por la pronta sexualización de las niñas, sobre todo.

Steiner decía que el cuerpo astral de una mujer está más diferenciado que el del hombre y esto se hace patente en la adolescencia. Las niñas maduran antes. Desde la pubertad hasta los 21 años que nace el yo, la mujer está casi completamente dominada por su cuerpo astral, por sus emociones. Durante estos años se muestra muy sociable y adquiere una seguridad que le permite afrontar el mundo de una manera franca y libre.

«Y de hecho encontramos chicas que, si están teniendo un desarrollo correcto y normal, están ahora preparadas para posicionarse en la vida; En la manera en que se dan a conocer, muestran una confianza y seguridad en sí mismas que no tienen los chicos. No suelen estar metidas hacia dentro.» (Steiner,1993, pág 60)

Los peligros que debemos evitar en esta etapa son la excesiva superficialidad en las chicas y el vandalismo en los chicos. Serían los dos extremos a los que podrían llegar. También el erotismo excesivo, en este caso para ambos sexos. Aunque no cabe duda, que la tendencia erótica es más fuerte en los chicos, las chicas tienden más al romanticismo. Los chicos no entienden su mundo interior y las chicas no entienden el mundo exterior. Los chicos observan el mundo exterior y entienden cómo funciona y buscan soluciones a los problemas. Hay que ayudarles a mirar hacia dentro. Para las chicas es lo contrario. No entiendenel mundo exterior y necesitan ideales, ideas de cómo actuar exteriormente.

El peligro que corren las chicas es que esta necesidad de mostrarse, esta seguridad se convierta en vanidad o en excesiva coquetería. Entonces se sentirán atormentadas y oprimidas por su apariencia. No hay más que ver cómo han crecido los trastornos alimenticios en las chicas. Para contrarrestar esta tendencia nada mejor que el arte, el desarrollo de la mirada estética hacia el mundo. Cuanta más belleza haya alrededor menos necesidad tendrá de mostrarla con su cuerpo.

«Los chicos claro que tendrán amigos, pero aun así sentirán la necesidad de meterse hacia dentro, en un mundo propio de sentimientos y pensamientos.» (Steiner,1993, pág 60)

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